Santiago Armesilla Conde // Doctor en Economía en la era de la globalización por la UCM. Profesor del EMUI. // Militante de la Agrupación de Vicálvaro del PCE.

Hoy, domingo 7 de agosto de 2016, ha fallecido Gustavo Bueno. Apenas dos días después de su mujer, Cármen Sánchez. Ella murió a los 95 años. Él, a los 91. Se han ido juntos. Hace dos años, El Viejo Topo publicaba Amor y capital, un libro de Mary Gabriel, en el que ahondaba en la relación matrimonial y amorosa entre otro gigante, Karl Marx, y su mujer, Jenny von Westphalen, y cómo ella fue un apoyo indispensable en la construcción teórica de Marx. Y, recíprocamente, como ocurre con el amor de verdad, cómo él jamás pudo haberse convertido en padre del comunismo político sin la mujer a la que amó. El materialismo filosófico en tanto que sistema, el legado de Bueno a la Historia de la Filosofía, no habría sido posible sin Cármen a su lado.

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Que un auténtico basilisco filosófico como era Bueno (ya hay que hablar en pretérito) apenas haya soportado 48 horas sin la persona más importante de su vida, da cuenta de la enorme ternura que Bueno, al cual considero mi Maestro, tuvo en vida, hasta el final. Platón, Maestro de Gustavo Bueno, decía que el amor consiste en sentir que el ser sagrado late dentro del ser querido. Bueno, en un texto del año 2000, titulado Los valores de lo sagrado: númenes, fetiches y santos, concluía que la destrucción de los mitos oscuros y confusos, metafísicos, en torno a lo sagrado no equivalía a una “desacralización” de corte ilustrado, sino más bien el tratar de explicar lo sagrado desde la Razón, desde las ciencias, y no para convertir lo sagrado en sabiduría de primer nivel, sino para concluir que la educación en la racionalidad de lo sagrado nos acercaría más a la docta ignorantia, al Ignorabimus de Emil du Boys-Reymond que a lo anteriormente expresado.

El acercamiento racional al fenómeno amoroso que las ciencias categoriales han propiciado en los últimos tiempos pueden permitirnos dar cuenta de cómo el ser sagrado que latía en el corazón de Bueno, Carmen, dejó de latir el viernes pasado dentro del ser querido, Gustavo. Y al dejar de latir uno, dejó de latir el otro. Muchos envidiarán sanamente esta forma de manifestar el amor, hasta el final de la vida, en una época donde la plétora mercantil de los sentimientos y los afectos procura placeres efímeros, pero impide la recurrencia de esas virtudes éticas que Spinoza, otro Maestro de Bueno, siempre defendió como las más esenciales: la fortaleza, la firmeza y la generosidad. Quizás el amor sea esa forma de relación donde dichas virtudes puedan trabajarse con mayor ahínco, al tiempo que gracias al ejercicio de dichas virtudes el amor se robustece.

Goethe dijo, sobre el amor, que un hombre y una mujer (o dos hombres, o dos mujeres, añado yo) verdaderamente enamorados es el único espectáculo de este mundo digno de ofrecer a los dioses. Lo sagrado según Goethe sonaba a sacrificio, pero no ya a los dioses, sino, desde nuestra perspectiva, entre los amantes que se aman entre sí. Gustavo Bueno y Cármen Sánchez se han amado hasta el momento en que “se han ofrecido a los dioses“. O, en términos del materialismo filosófico, Bueno y Cármen Sánchez han entretejido entre sí los tres géneros de materialidad hasta el final. Su sentimiento amoroso M2 se ha mantenido M1 hasta que ya, ambos, son M3.

Quería señalar esto por encima de todo, porque es lo que más me ha sorprendido de la noticia, que me ha dejado consternado. Vayan desde aquí mis condolencias a familiares, amigos y discípulos, incluidos aquellos con los que no tengo en absoluto una buena relación.

No quiero escribir nada pomposo sobre si el materialismo filosófico es “el sistema más potente jamás edificado“, cosa que no podemos decidir nosotros, ni si Bueno es “el más grande filósofo de la Historia de España“, algo que no puede determinarse hasta que la Historia de España, de la nación española, llegue efectivamente a su fin. Me limitaré a señalar tres cosas:

1) Leo a Bueno desde que lo descubrí en el año 2006, y he llegado a conocerle en persona y entablar conversaciones con él en varias ocasiones, si no recuerdo mal. La primera, en el 2008 en Gijón, en los Encuentros de Filosofía que se celebraron aquel año en el Palacio de Revillagigedo. La segunda, en otros Encuentros, en la Fundación Gustavo Bueno, cuando presenté un muy breve esbozo de lo que luego fue el fundamento de mi tesis doctoral. Siempre me pareció una persona cercana, amable, cándida y llana. También radical, como debe ser. La combinación de todos estos rasgos en una persona, si la radicalidad está bien orientada, siempre es digna de mención, reconocimiento y, ahora, recuerdo.

2) Sumergirse en la obra de Bueno obliga, si se es un discípulo suyo de verdad, a después, al regresar de esa inmersión a la que, no obstante, hay que recurrir ya de por vida, a leer de todo y de todas las disciplinas. Pues filosofía la hay en todas partes: en la política, en la economía, en la sociología, la antropología, la historiografía, al astrofísica, la biología, la neurología, la psicología, las artes varias que existen, la arquitectura, etc. Con Bueno, la filosofía se convierte en una disciplina invasiva, que todo lo impregna, y que si no quiere convertirse en filosofismo, en gnosticismo, debe estar sometida a la posibilidad de que todas esas disciplinas la puedan transformar a ella también. Y viceversa. De las citas de Bueno, ésta es una de mis favoritas:

La filosofía y las ciencias tienen fuentes distintas, pero son fuentes llamadas a confluir (a veces turbulentamente) y al confluir se modifican mutuamente” (Gustavo Bueno, “Respuesta a la pregunta ¿Qué es el cierre categorial?”, El Catoblepas, nº 108, p. 2).

Su materialismo obliga a una interdisciplinariedad bien entendida, a una polimatía que, mal vista en ciertos ámbitos profesionales, sin embargo en otros es necesaria para poder vadearse por éste, nuestro mundo, que sigue girando y girando.

y 3) Para algunos, incluidos muchos discípulos suyos, Bueno no era marxista. En esto coinciden con sus enemigos más acérrimos, izquierdistas indefinidos, separatistas varios (sobre todo “asturchales”) y socialdemócratas que de marxismo saben lo mismo que yo sobre el color de los pelos de la barba de Dios (algo imposible de saber, entre otras cosas, porque la “Nada” no puede tener barba).

Sin embargo, Bueno, si por algo va a pasar a la Historia de la filosofía, a mi juicio, es por ser el responsable de construir un sistema filosófico que, a pesar de algunos, tiene un inmenso potencial revolucionario político de un cariz que solo puede calificarse como trascendental. Gustavo Bueno cubre el hueco histórico que el krausismo no permitió en España, a saber: introducir la dialéctica hegeliana y enlazarla con nuestra tradición escolástica patria. Un enlace que, a los marxistas-leninistas españoles, nos puede permitir empezar a construir, por fin, un marxismo español que, siguiendo la fórmula de José Carlos Mariátegui, no sea “ni calco ni copia, sino creación heroica“.

09_02_BuenoPor desgracia, hay buenos marxistas españoles, pero nunca hubo un marxismo español, como sí lo hubo alemán (desde Marx y Engels hasta la Teoría Crítica) o ruso (Diamat soviético). Dejando aparte la rica escuela económica marxista española, tremendamente potente y con representantes de la valía de mi otro Maestro, Diego Guerrero, Juan Pablo Mateo, Xabier Arrizabalo, Mario del Rosal, Joaquín Arriola, y a Bueno y su materialismo filosófico (también hay que citar a sociólogos como el hispano-chileno Marcos Roitman o a filósofos como Manuel Sacristán -con quien Bueno entró en sana polémica-, Francisco Fernández Buey, Adolfo Sánchez Vázquez, Felipe Martínez Marzoa, Lorenzo Peña o, incluso y a pesar de algunos, Gabriel Albiac), los marxistas españoles se han dedicado, desde prácticamente los inicios del camino político del Partido Comunista de España, a hacer calco del marxismo soviético, lo que ha llevado a asumir acríticamente y de manera sesgada la doctrina de Lenin sobre la autodeterminación y la de Stalin sobre las nacionalidades, o a hacer copia del marxismo italiano, lo que ha llevado a una hegemonía eurocomunista -socialdemócrata en realidad- que agita hoces y martillos, estrellas rojas de cinco puntas y banderas rojas, pero con un horizonte reformista que interpreta que Italia es el modelo a seguir por los comunistas españoles. De aquellos polvos, estos lodos.

Pero, a mi juicio, solo la obra de Bueno puede permitir al marxismo, no ya solo español, sino hispanoamericano en general, superar su actual estado, parecido al de una ballena varada en una playa que, sin un elemento externo, jamás podría volver al Océano. Y el materialismo filosófico de Bueno no es un elemento tan externo al marxismo como algunos creen.

Todo esto que escribo lo quería escribir hace tiempo. Lo he hablado con amigos varios y otras personas. Es una lástima que sea hoy, muerto Gustavo Bueno, cuando lo haya puesto negro sobre blanco para Crónica Popular. Sin embargo, lo más duro viene ahora. Es decir, consolidar este entretejimiento, y evitar que el materialismo filosófico de Gustavo Bueno sufra un proceso que fue análogo, en diversos momentos históricos, al que sufrió el marxismo. Este proceso es el de convertir el materialismo filosófico en un fin en sí mismo, en la “tabla de salvación” ante el ruido del mundo. En pensar que ser “filomat” garantiza no estar manchado por la mierda que nos rodea. Y el método de Bueno, y el de Marx, son justo lo contrario. Ambos, para crecer, deben mancharse de mierda. E incluso, reciclarla.

Hoy se ha ido un gigante, aunque esta valoración final no depende de mi persona. Lo que sí puedo asegurar es que Gustavo Bueno es ya, al menos, un clásico de la filosofía en lengua española. Más de 500 millones de personas en nuestro Planeta Tierra pueden estar orgullosos de tener un autor así en nuestro idioma. No es el único, pero ya está entre los grandes, entre los gigantes del pensamiento español. Así que hagamos caso a Newton: si queremos ir más lejos, subámonos a hombros de gigantes.

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