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Jorge Sanz | Responsable de Juventud y Comunicación de la Agrupación de Vicálvaro del PCE.

¿Trump es ultraderecha? Sí. ¿Hillary era izquierda? No. No había alternativa. Los estadounidenses en estas elecciones elegían entre el cinismo y la hipocresía. Entre el protofascismo y el genocidio sensato. En definitiva, entre Trump y Hillary. Dos caras de una misma moneda: el imperialismo americano.

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Él, un millonario misógino y racista. Ella, una criminal de guerra y, como ha señalado durante toda la campaña Jill Stein -candidata presidencial por el Partido Verde-, una reina de la corrupción.

Que Donald Trump encarne lo peor del ser humano no hace buena a Hillary Clinton.

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Los que hoy temen a Trump y aborrecen sus intenciones, han debido vivir con una venda sobre los ojos todos estos años atrás. Los “progres” que en estas elecciones defendían a Hillary en detrimento de Trump, obviaban a sabiendas o por mera ignorancia que la gestión de Clinton dentro de la administración estadounidense es una apología del imperialismo americano. Siempre a favor de los intereses de Wall Street y de las grandes multinacionales y en contra de los Derechos Humanos en países que, a criterio del capital, necesitaban “ser democratizados” a bombazos.

Lo sorprendente no es que alguien se escandalice con las propuestas de Trump, execrables o tramposas en su mayoría. Lo sorprendente es que esas mismas personas no se hayan escandalizado por el devenir de los gobiernos anteriores al que protagonizará el magnate.

Se podrían escandalizar por la idea de Trump de construir un muro gigantesco que separe México de EEUU si ese muro no existiera ya en la actualidad. Pero ese muro existe y fue construido bajo el mandato de Bill Clinton, marido de Hillary, y ampliado y reforzado por las administraciones posteriores [1].

Se podrían escandalizar por sus convicciones abiertamente racistas y xenófobas si EEUU no fuese de facto un país con un problema racial sangrante, que deja cifras escalofriantes de asesinatos de miles de afroamericanos a manos de las fuerzas de seguridad. Como dato reciente, la policía de Estados Unidos ha asesinado a más de 1500 personas entre 2015 y 2016, de las cuales un tercio suelen ser ciudadanos negros cuando solo representan el 13% de la población de EEUU, según las estadísticas[2].

Se podrían escandalizar por su intención de deportar a sus países de origen a cientos de miles de inmigrantes si antes Barack Obama no hubiese deportado a 3 millones de personas sin papeles. Han leído bien, 3 millones de personas deportadas durante sus dos mandatos[3].

Se podrían escandalizar por el pensamiento islamófobo de Trump si, como de hecho hacen, obviasen que los anteriores gobiernos, incluyendo los de Bush y Obama, cuentan en su historial con una larga lista de países de Oriente Próximo, Oriente Medio y África invadidos, destruidos y expoliados: Irak, Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia, Libia, Siria…

Concretamente, la criminal de guerra Hillary Clinton[4] tiene un papel fundamental al respecto dentro de la administración Obama. Clinton impulsó la invasión de Libia y aplaudió el asesinato de Gadafi con su ya famoso “llegamos, vimos y murió” en tono jovial. Porque lo importante era asegurar las reservas petrolíferas de ese país para EEUU y los aliados. Lo de haber destruido uno de los países más prósperos de África, con el PIB (nominal) per cápita y los índices de desarrollo humano (IDH) más altos de dicho continente, ya tal.

También ella ha reconocido en una entrevista que “se equivocaron” al armar a los “rebeldes sirios” y debido a esto surgió el ISIS, al que según parece siguieron armando y financiando después directa o indirectamente.

Si uno conoce un poco la política exterior de EEUU, sabrá que los sucesivos gobiernos estadounidenses han financiado y armado a grupos yihadistas durante décadas. EEUU armó y financió a los talibanes en Afganistán contra la URSS, entre ellos al fundador de Al-Qaeda, Bin Laden, y ahora más recientemente al ISIS en Siria contra Bashar al-Assad. Una vez puedes equivocarte. Tantas veces empieza a ser sospechoso.

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Podríamos seguir ampliando la lista de atropellos contra los Derechos Humanos y las libertades por parte de EEUU durante décadas tanto dentro como fuera de sus fronteras, pero ya es bastante significativo este resumen. Trump no es sino el reflejo grotesco de los valores más reaccionarios de la sociedad estadounidense en todos sus sentidos, representados perfectamente en una maquinaria insaciable llamada imperialismo americano.

En definitiva, el monstruo ya estaba ahí mucho antes de que algunos le pusiesen rostro de hombre blanco, misógino, racista y millonario.

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