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Jorge Sanz | Responsable de Comunicación de la Agrupación de Vicálvaro del PCE.

Pobreza energética, pobreza alimentaria… Expresiones que, como la pobreza, han echado raíces en nuestro país de un tiempo a esta parte. ¿Podemos hablar también de pobreza ideológica?

El significado de las palabras y su uso nunca ha sido azaroso. Los mensajes se moldean con una intencionalidad que siempre responde a unos intereses determinados. En este caso concreto, como en tantos otros, a intereses de clase.

Si bien no se puede ocultar la abrumadora realidad de que en nuestro país hay mucha gente que sufre la pobreza o está al borde de ella, sí se puede diluir el impacto que supone dicha realidad, atomizando el relato. Fracciona el relato y fraccionarás la realidad, aunque solo sea un efecto óptico. Hablar de pobreza energética y de pobreza alimentaria disgrega la esencia del concepto y difumina la gravedad del mismo.

Una vez dividida la pobreza en subgrupos más pequeños, la lucha contra la pobreza se divide también y se pierde de vista así al enemigo común que la genera, que no es otro que el sistema en el que vivimos. Un sistema incapaz de garantizar el bienestar y los derechos humanos de la mayor parte de la población mundial.

Pero a pesar de la ilusión óptica, la realidad se sobrepone a cualquier relato mal intencionado. Porque quien no puede asegurar su propia alimentación o la de su familia, no es pobre alimentario, es pobre, sin apellidos. Y del mismo modo, si no puede encender la calefacción en invierno porque no la puede pagar, no es pobre energético, es pobre, sin apellidos. Porque en definitiva quien no puede acceder a determinados derechos humanos como la alimentación, la vivienda o la electricidad por falta de recursos, es sencillamente pobre.

Los relatos nunca son inocuos y nosotros no debemos ser cómplices. Por eso tenemos que evitar hablar de pobreza energética o pobreza alimentaria. La pobreza no tiene apellidos. Sus culpables, sí.

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